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Cultura Nación

Manzi para chicos

El organito

Autra: Lucia Laragione

En la casa de mi abuelo hay un instrumento musical antiguo. Es una especie de caja blanca adornada con cabezas de angelitos, que se sostiene sobre un pie. En uno de los costados, tiene una manivela. Al hacerla girar, cuando el instrumento funcionaba, se oía una melodía como la de un piano. Pero ya no, hace largo tiempo que el organito -así se llama- está mudo.

Siempre me despertó curiosidad que mi abuelo lo guardara con tanto cariño. Y cuando yo trataba de averiguar, me decía que alguna vez me iba a contar, pero no lo hacía. A él le gusta recordar cosas de cuando era chico, y a mí escucharlo, porque parece que dibujara con las palabras en el aire y yo veo las imágenes casi como si estuviera en el cine.

Veo al lechero que pasaba por su casa de Parque Patricios en un carro tirado por caballos en el que llevaba unos tarros gigantes llenos de leche, y veo a las mujeres que salían con las ollas en las que el vendedor volcaba la bebida tibia y espumosa. También veo al hombre de las aves que andaba en un carro repleto de jaulas vendiendo gallinas, patos y pavos. Si la señora que compraba no se animaba a matar al bicho con sus propias manos, era él quien retorcía el cogote del pobre animalito.

El fin de semana pasado me quedé a dormir en lo del abuelo. Cenamos milanesas con puré que hizo él mismo porque le encanta cocinar y vimos una vez más en el dvd una película muy vieja, en blanco y negro, que él tenía en video y que ahora pasó a cd. Es el cuento de “La bella y la bestia” con actores franceses de otra época. Siempre me da como un miedito pero también una emoción rara cuando el padre de Bella se interna en el bosque de árboles retorcidos y después entra al oscuro castillo con esas paredes de las que salen brazos con candelabros, y está también la larga mesa de la que surgen manos para servir el agua y el vino, y las caras de piedra gigantes que siguen con los ojos los movimientos de los personajes.

Al terminar de verla, le dije al abuelo que no sabía por qué, pero que esa película me llenaba la cabeza de imágenes, como si soñara despierta. Me respondió que eso era lo que provocaban las obras de arte. Después, se quedó un ratito en silencio, con la mirada lejana, y de pronto dijo que lo que me pasaba a mí era lo mismo que le ocurría a él cuando de chico escuchaba la música del organito. Me quedé mirándolo, sorprendida. Parecía que esta vez estaba decidido a contarme.

El organito había pertenecido a un italiano que vivía en el mismo barrio que mi abuelo. El hombre se llamaba don Vicenzo y había llegado de Italia cuando era un muchachito, escapando como tanta gente de la guerra y el hambre. Alquilaba una pieza en una de esas casas llamadas conventillos, en las que todas las habitaciones daban al patio. Sin mujer ni hijos, tenía como única compañía unos de esos monitos capuchinos, de tamaño pequeño, al que le había puesto el nombre de Tono.

Don Vicenzo, según contó el abuelo, era muy alto y flaco y se vestía, hiciera frío o calor, con el mismo traje blanco, sólo que en invierno agregaba una bufanda colorada alrededor del cuello que hacía juego con el sombrero de Tono. Cuando el hombre salía con su organito, los chicos del barrio, entre los que, por supuesto, estaba mi abuelo, lo seguían algunas cuadras hasta que don Vicenzo se detenía en una esquina, giraba la manivela y hacía cantar al instrumento. Esa música los hacía soñar a todos, a chicos y grandes y los sueños se reflejaban en las caras y se desparramaban por el aire. Entonces, Tono se quitaba el sombrerito rojo y daba una vuelta pidiendo que cada una depositara una moneda, una moneda por un sueño.

-¿Y vos con qué soñabas? le pregunté al abuelo.
Cuando tenía diez años, él quería viajar al Africa para explorar lugares deconocidos, conocer tribus que ningún blanco hubiera visto jamás y descubrir especies animales ignoradas, pero como también le gustaba mucho la chica de la otra cuadra y ella ni siquiera lo miraba, muchas veces soñaba sólo con ella.

-¿Y era linda, abu?
-Misteriosa y salvaje como el Africa, contestó con una sonrisa.
Después siguió contándome la historia del organito. Una mañana de invierno, de mucho frío, él y todos lo que iban camino a la escuela oyeron una especie de gemido que les heló la sangre. Al principio no supieron de dónde venía, pero de pronto alguien descubrió en la rama más alta de uno de los árboles al monito de Don Vicenzo. Debía haberse escapado y estaba allí en lo alto, sin su sombrerito colorado, lanzando ese chillido que parecía un llanto. Mi abuelo y los otros lo llamaron, pero Tono empezó a saltar de árbol en árbol, cada vez más y más rápido. Durante algunas cuadras, los chicos fueron tras él sin perderlo de vista, pero después no se animaron a alejarse tanto y abandonaron la persecución.

-¡Hay que avisarle a Don Vicenzo! dijo uno.

Y allí fue la barra de chicos, pero cuando entraron al patio del conventillo vieron a unos vecinos reunidos delante de la habitación del italiano y se dieron cuenta de que algo raro había pasado.

-Queremos avisarle a Don Vicenzo que Tono se escapó, dijo mi abuelo.

Se produjo un silencio y después alguien dijo:
-El ya no puede escuchar nada.

Como el hombre no tenía ningún familiar, el papá de mi abuelo, o sea mi bisabuelo, colaboró con el dinero para pagar el entierro. Entonces los vecinos le dijeron que, si quería, podía quedarse con el organito. Ya en la casa, mi abuelo hizo girar la manivela, pero de la cajita no salió ningún sonido. Como si antes, la música hubiera nacido, no del instrumento, sino del alma misma de Don Vicenzo. Mi abuelo me lo contó con los ojos húmedos. Entonces me di cuenta por qué nunca había querido relatar esa historia.

Lo abracé muy fuerte y le dije:
-Dale, abu, vamos a dormir.

Esa noche, en sueños, me pareció oír una voz que cantaba algo así como un tango, lindo, triste. No sé quién cantaba, pero cuando desperté, en la cabeza me daban vuelta estas palabras: y el último organito se perderá en la nada y el alma del suburbio se quedará sin voz …

Basado en el tango El último organito.
Secretaría de Cultura. Presidencia de la Nación
Marca Argentina
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