Programas
 
Cultura Nación

Manzi para chicos

Dejame ser la Negra María

Autora: Adela Basch

En la vida hay toda clase de personas. Hay algunas que son comunes y corrientes. Hay quienes viven en la avenida Corrientes. Hay otras que siempre van contra la corriente. Ingrid siempre fue de esa clase. Yo la conocí mucho porque fuimos compañeros de clase. Y aunque pasaron unos cuantos años, la recuerdo bien. Ella no parecía demasiado cuerda. Tal vez por eso de ir contra la corriente. Y por el entusiasmo con que todos los días saltaba a la cuerda durante unos minutos medidos con un diminuto reloj a cuerda, del que salvo yo, ya nadie se acuerda.

Ingrid era de piel muy blanca. Como su madre. Como su padre. Como su hermano. Y como sus abuelos. En su familia, todos eran de piel blanca, blanquísima como una cala, y de cabellos rojos, como una sandia que se cala.

Su familia no tenía nada de malo y ella los quería a todos. Pero eran aburridos. No cantaban ni bailaban ni hacían música con lo que tuvieran a mano: un par de palitos chinos para comer comida japonesa, a veces un vaso, una cucharita comprada cerca de Chacarita, un peine finito que hacía penar los cabellos, una botella propia del batallar diario en el almacén, unas chinelas chilenas o unas sandalias con dalias bordadas en los bordes, un tarro para que se eche la leche en un tambo, un tambor de juguete y un par de palitos...

En cambio los vecinos, ellos sí que bailaban y cantaban y hacían música todo el tiempo a más no poder con cualquier cosa que tuvieran a mano. Además, tenían la piel oscura y la sonrisa blanca y el pelo con rizos y la boca con risas. Y andaban en bicicleta o en chancletas y no en un auto lujoso y blanco como la piel de Ingrid y de sus padres y su hermano y sus tíos y sus abuelos, un auto tapizado de rojo como todas las cabelleras de su familia, tanto de las damas como de los caballeros.

Y si ella se llamaba Ingrid y su madre, Astrid y su padre, Hans, y su hermano, Werner, en la vecina familia de piel oscura todas las mujeres se llamaban María: María del Carmen, María Cristina, María Victoria, María Marta, María Ester. Ésos eran nombres normales, de gente común, que canta y baila y hace música todo el tiempo con lo que tenga a mano o a pie también. Porque la suela del zapato sobre el suelo produce un sonido como de tamboril cuando las plantas de los pies saben llevar el ritmo en sus hojas.

A Ingrid le hubiera gustado más llamarse María, que además se relacionaba con el verbo amar en forma incondicional. Si alguien decía: le voy a dar algo a María, ya estaba sacándole el jugo al verbo amar y decir amaría hacía de la conjugación verbal un juego maravilloso.

Y sí, en vez de tener todos los átomos del cabello de color rojo atomatado le habría gustado más tenerlo negro azabachado. Y en vez de tenerlo tan lacio, tan liso, tan lineal, tan llovido, le habría gustado que fuera ondulado, ensortijado, enrulado, rizado, porque el cabello rizado le hacía pensar en risas, en rosas, en marineros rusos y también en rezos y razas mezcladas.

Su cabello atomatado, por momentos con matices arremolachados o azanahoriados, no era definitivamente negro azabache. Los mechones lacios no tenían la enrulada consistencia que ella deseaba con insistencia para su existencia, y que suponía la hubieran hecho una persona menos tensa capaz de vivir emociones más intensas. Pero no todo estaba perdido.

Su piel, pálida, blanquecina, casi lechosa, no era morena ni bruna ni parda ni oscura. Y bien sabía ella que para esto no había cura. Su cuerpo no estaba acostumbrado a ondularse al ritmo candombero de los tamboriles. Sus pasos tenían poca gracia, y gracias si podía seguir apenas el compás de la música. Sus antepasados lechosos y atomatados como ella nunca habían pisado una tierra donde el ritmo de los hombros y las caderas era parte de lo que cada hombre y cada mujer eran. Ella no tenía ese don que sí tenía Doña María, y que había llegado a todas sus hijas como legado. Pero no todo estaba perdido.

Sus ojos claros, siempre resguardados por anteojos caros, no eran dos chispazos de negrura encendida que podía hacer frente al sol por sí solos. Eran dos destellos apenas protegidos por unas pestañas débiles y acerezadas, a los que la luminosidad provocaba un ardor que año tras año le hacía añorar haber nacido con otro color en la mirada, con un negror capaz de contrastar con la claridad de la mañana. Pero no todo estaba perdido.

Siempre había un mañana que no quedaría atrás y que convertiría el ayer en un trasto viejo, en una yerba usada que ya nadie volvería a cebar. Y había también un tiempo de ganancia, de ganas con ansias, un tiempo en que sus rojos cabellos podían cubrirse de otro colorido, como se cubre a un caballo con una manta para protegerlo del frío.

Su piel podría teñirse de una negredad que supiera moverse con el tañido de los tambores. Ella podía conseguir la más cara de las máscaras, pero prefería el corcho quemado, el carbón, la carbonilla, para pintarse como en una ceremonia ritual que transformaba su rostro sin dejar rastros. Sí, hasta podía cambiar el color de su piel y de su cara: llegaba el Carnaval.

Entonces, por unos pocos días Ingrid vivía su sueño. Se disfrazaba y se despedía de la Ingrid lechosamente blanca y de lacios cabellos arremolachados. Chau, Ingrid, adiós. Andate un poco, dale. Morite por unos días, por favor.

Dejame ser por un rato María, la Negra María. Dejame volver a nacer y volver a morir en cada Carnaval.

Basado en la milonga candombre Negra María.
Secretaría de Cultura. Presidencia de la Nación
Marca Argentina
Marca Argentina