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Cultura Nación

Manzi para chicos

Tanguitos al viento

Autora: Graciela Repún

Si uno fuera un fantasma, ¿cómo percibiría el mundo de los vivos? ¿Como algo irreal? Tal vez vería el mundo translúcido, sin materia...
Tal vez, lo único sólido para un fantasma se encuentre en lo que fue, en lo que no es o en lo que no está...

Nicolás, en París, se movía como un fantasma.
A la mañana se disolvía en el metrò, entre miles de pasajeros más. No se sabía adonde iba, pero era fácil sospechar que deambulaba por la ciudad sin rumbo, como un alma en pena.

Por las tardes, cuando paseaba con Sabine, ella se cuidaba de no perderlo en la calle, entre las ráfagas de gente. Porque al menor descuido, Nicolás se dejaba arrastrar sin peso ni resistencia. Como si no tuviera voluntad propia. Como si su voluntad estuviera en otro lugar.
Sabine sabía cuál era ese lugar; Nicolás se desintegraba en cualquier esquina, palabra o recuerdo que lo transportara a Buenos Aires.

Se deshacía. Hasta la nariz afilada, y esa permanente sombra de barba que tanto le gustaban a Sabine, se le desdibujaban.

-Hoy parrecés el chato de Alicia en el peís de las Merravillas –le dijo una noche Sabine, durante una fiesta.

-¿El chato? –contestó él riéndo.

-El gggato –aclaró Sabine sin ofenderse. Sabía que Nicolás se reía de su español afrancesado, pero que en el fondo le daba ternura el esfuerzo que ella hacía por comunicarse en un idioma que no era el suyo.

-No me acuerdo del gato de Alicia. Leí el libro hace años, cuando era chico.

-Era un ggato que desapaggrrecía pogr pagrtes. De a poco. Y lo último que quedaba de él, flotando en el aigrre, era su songrrisa...

Nicolás la besó y sonrió. Pero sus pensamientos ya estaban lejos.

Esa noche, Sabine lo observó desde el otro extremo del salón. Nicolás tenía tal capacidad para confundirse con los muebles que tuvo que obligarse a no desviar la vista.

Comprobó que los mozos nunca se lo salteaban. No le extrañó. Sospechaba que los mozos se entrenan para esquivar perversamente a los muertos de hambre y que sólo ofrecen sus bandejas a los indiferentes.

Sabine vio como Nicolás tragaba los canapés de roquefort o los bocaditos de caviar. Como si fueran espuma sintética, burbujas vacías... Entonces atravesó el salón y se aproximó para susurrarle: -Asado con chimigchurri y frigtas ...

La cara de Nicolás se transformó. Salivaba. Se relamía. Los mozos comenzaron a ignorarlo. Se descompuso de hambre y Sabine tuvo que llevárselo, famélico, con urgencia, al lugar más cercano donde cocinaran carne.

A Sabine, lo primero que le atrajo de Nicolás, fue el misterio. Cuando todavía no eran novios, era común que se evaporara de París sin previo aviso.

Regresaba al poco tiempo. No decía donde había estado ni porque se había ido. Y ella, en esa época, no se animaba a hacer preguntas. Tenía miedo de que él se volatilizara del todo.

Hasta que una mañana, mientras Sabine tomaba su café con leche leyendo el diario, se topó con una foto de Nicolás. Se encontraba entre otros hombres, en un bote. Los demás estaban agachados. Él era el único que no se protegía de los disparos que efectuaban unos barcos balleneros ilegales. De pie, sonreía a la cámara, como el gato de Alicia.

Así fue como Sabine se enteró que sus viajes eran misiones para Greenpeace y otras asociaciones que cuidaban el medio ambiente. Arriesgaba su vida sin cobrar ni un solo peso. De qué vivía, era otro de sus misterios.

Por su parte, Nicolás se había enamorado de ella a primera vista. Se habían conocido tomando clases de tango. Compartían la pasión tanguera aunque no el talento para el baile. Él era capaz de silbar los ciento tres temas que compuso Manzi, pero era patadura de nacimiento.

Más que aprender a bailar, Nicolás iba a la tanguería a escribir. A borronear servilletas de papel con extraños poemas. Poemas que sonaban a ecos. Ecos confusos, con aire a canción porteña.

“Tanguitos al viento” llamaba Nicolás a sus poesías cuando al salir de la tanguería arrojaba las sevilletas a la corriente de aire que se encapsulaba en esa esquina.
Y se quedaba viendo volar cada servilleta hasta que aterrizaban dispersas en la calle.

En cambio, para Sabine, una bióloga recién recibida que trabajaba diez horas por día encerrada en un laboratorio, bailar era puro placer. Hacía tres años que había comenzado a tomar clases de tango. Hacía uno que había viajado a Buenos Aires para perfeccionar su técnica.

Por ese viaje sabía que la ciudad que tanto extrañaba Nicolás no existía.
Sus recuerdos eran imposibles. Parecían escapados de la letra de un tango. Un tango escrito en el treinta o el cuarenta.
Barrios chatos. Charcos con sapos en las calles. Muchachos silbando en las esquinas...

-¡Ni habías nacido cuando pagsaba todo eso! ¿Estás loco de nostalgia por algo que no viviste? – lo cuestionó Sabine cuando se sintió con cierta confianza.
Fue cuando Nicolás le contó su historia.

Unos meses antes de partir a Francia, un guardia lo descubrió inconsciente en un vagón de tren en Buenos Aires, en la estación Retiro. Le habían robado y molido a golpes. Le habían dejado una billetera vacía, con los documentos y una tarjeta de hotel. No recordaba nada. No sabía quien era.
Durante su recuperación en el hospital lo atendieron varios psicólogos. Los recuerdos no regresaron.

La policía hizo investigaciones: Nicolás no tenía antecedentes y había pasado la mayor parte de su vida en el mismo barrio. Era huérfano y lo había criado su abuela fallecida ese año. Se comprobó que cursaba Ingeniería y que hasta hacía pocos meses trabajaba en una empresa de construcción que había quebrado.

Interrogaron a sus vecinos. Ninguno aportó datos particulares. Como un fantasma. Una sombra. Así había pasado por la vida de esa gente que lo conocía desde que nació.

La policía no siguió con el caso. No había pistas. El móvil de la agresión era claro: Robo. Ese día, Nicolás había vendido su casa y tenía varios miles encima…

-Por unos meses fantaseé con que yo era un agente secreto, un espía internacional... –le explicó Nicolás a Sabine-. Un espía trataría de que se conociera de él lo menos posible... Pero, ¡ni un compañero, un amigo, un maestro que dijera algo, lo que fuera, sobre mí! ¿Y si mi abuela era la espía?¿Perteneceríamos a una familia de la mafia? ¿Descendíamos de criminales nazis? Te confieso, Sabine, que no sabía que pensar...

Nicolás le contó a su novia que al salir del hospital, tomó la tarjeta del hotel que habían encontrado en su billetera y sin saber porqué llamó preguntando por su número de habitación.

Se enteró que había reservado y pagado un cuarto. La reserva cubría un tiempo más. En el cuarto encontró ropa a su medida, la mayoría nueva. Ningún recuerdo o papel personal. Sólo documentos que lo hacían dueño de una casa en París y un sobre con los datos de una cuenta de banco, en Suiza, el pasaporte y un pasaje de ida a Francia.

-Supuse que mi abuela me había dejado una herencia. Esa debía ser la fortuna que buscaron con tanta saña los ladrones y que ya estaba segura en Suiza... Sin nada que me retuviera, viajé a París. La ciudad me gustó pero mi casa nueva me produjo rechazo. Era demasiado lujosa. Por eso la alquilé. La renta me alcanza para este lugarcito, y para comer y vivir con dignidad... Esperaba que el tiempo me ayudara a recuperar la memoria, pero no fue así...

La voz de Nicolás se quebró. Era una tarde furiosa de verano y caminaban a la orilla del Sena. Sabine se detuvo y lo abrazó. Sintió que no sólo por el calor, Nicolás se deshacía en sus brazos. Pero no supo cómo consolarlo.

Sin embargo, su cabecita científica y fanática de las novelas policiales, ya estaba trabajando.
El tiempo pasó. Un día de otoño, la pareja paseaba por Les Champs-Elysées cuando un soplo de viento remolcó a su capricho las hojas secas. A Sabine el vuelo de las hojas le recordó los “tanguitos al viento”.

También recordó que había copiado esos poemas sin que Nicolás ni algún otro de la tanguería lo notaran. Lo había hecho en los pocos momentos que se quedaba sola en la mesa. Con una escritura apresurada y el tiempo apenas para duplicar frases sueltas. Eran fragmentos de fragmentos, sin signos, acentos, ni respeto al orden poético.

“Al barrio/ sugerente/esta foto doy:/¡Quedaron atrás Charcas, Arenales,¡Pocitos!”... decía un trozo de poema. “...el barrio/de ruido/ La menta...” decía otro más. “Lavanda/ Me persigue.../ Me habla/ ¡Paredón! ... ¡Está fea!../. ¡Mis amigos!”... decía otro.

Transcriptos con el escaso castellano de Sabine, se leían así:
“Al barrio, su gerente, estafó todo. Y quedaron atrás charcas, arenales, pocitos...” . “...el barrio derruido lamenta” “la banda me persigue, me habla: ¡Pare! ¡Don!:...” “Estafé a mis amigos...”

Fue a partir de esos textos que Sabine elaboró una teoría sobre la amnesia de su novio. Internet y varios correos le confirmaron sus sospechas.

Una nube negra y unas gotas inesperadas trajeron a Sabine al presente. Corrió junto a Nicolás a buscar refugio mientras pensaba que por suerte, en Buenos Aires, no era época de lluvias.

Porque cuando caían más de veinte milimetros, el barrio donde Nicolás había crecido, se inundaba. Los caños de drenaje defectuosos perdían y los desagües desbordaban formando charcos en la calle llena de pozos. Los sapos llegaban como plaga.

Y en cada casa los peores pensamientos se dirigían a Nicolás.
Los vecinos, sus amigos de la infancia, sus viejos maestros, recordaban lo que él había olvidado. Lo que ninguno quiso contarle a la policía.

Que a la muerte de su abuela se había metido en el negocio de la construcción. Y que con su imagen de chico bueno, él y su gerente, habían estafado a todo el barrio. Que le habían vendido un proyecto de mejoras usando materiales baratos, defectuosos.

Así había acumulado la fortuna que tenía en Suiza.
El día que Nicolás iba a darse a la fuga, los vecinos se confabularon. Sonaron silbidos de aviso en cada esquina y pronto se encontró rodeado. Algunos se limitaron a insultarlo. Otros se desquitaron con todo.

“Así peggrrdió la memoggrria, ¡ poggbrre! Pero en el fondo se mueggrre de vergüenza pogr lo que hizo. Pogrr eso arriesga su vida por el medio ambiente y está tan pegrdido... ¡Me consta que no toca nada esa plagta... Y yo lo voy a ayudaggrr a repagrrar el daño”, pensó Sabine. Y sonrió.
Nicolás observó a su novia. “Las parejas se contagian hasta los gestos”, se dijo mientras la abrazaba. “Ahora es ella la que sonríe como el gato de Alicia”.

Basado en el tango Barrio de tango.
Secretaría de Cultura. Presidencia de la Nación
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