Programas
 
Cultura Nación

Manzi para chicos

El caballo con zapatos

Autor: Marcelo Birmajer

Esto ocurrió cuando yo era muy chico, y el zapatero de mi barrio era muy viejo. Yo no sé si hoy existen zapateros. Como las máquinas de escribir y las estampillas, parecen haberse escondido hasta que termine un temporal. Podríamos pensar que el temporal del tiempo arrasa con todo a su paso y que es inútil aguardar, pero nunca se sabe: no me extrañaría que dentro de cien o doscientos años regresaran como nuevas las máquinas de escribir, las estampillas, y por qué no, los zapateros. Pero de lo que estoy seguro que nunca volverá es un caballo con zapatos. Yo lo vi en el baldío de Tucumán y Uriburu, en mi barrio, el Once.

Eramos cerca de media docena de chicos que nos colábamos en el baldío para mirar a aquel percherón atado a una estaca, comiendo ortigas, encerrado entre cuatro paredes sin techo. En los cantos de las paredes había vidrios rotos para que no se colaran los mendigos, pero nosotros habíamos descubierto una grieta, mal tapiada con maderas, por la que podíamos pasar. ¿Por qué tenía zapatos en vez de herraduras?

Según Luis, era un hombre al que habían convertido en caballo. ¿Y por qué no tiene traje y corbata?, pregunté. “Porque se le fueron rompiendo con el tiempo”, me respondió, “Pero los zapatos le siguen quedando”. Aarón chistó un “no”. “Si fuera un hombre convertido en caballo, se hubiera sacado los zapatos, porque ahora le incomodan”. Pero Luis no se convencía: “Cuando lo convirtieron en caballo, perdió su inteligencia humana: no es un hombre con cuerpo de caballo, es un caballo”.

Natalio Steinder cerró la discusión: “Cuando no sabemos cómo resolver un misterio, más vale aguantarse antes que inventar una falsa respuesta”. Yo asentí, y Aarón también. Pero Luis murmuró por lo bajo: “Es un hombre convertido en caballo. ¿Por qué usaría zapatos, si no?”.

Yo supe la verdad sólo un par de semanas después. Mi abuelo había muerto. Era el padre de mi madre. Mi madre no podía parar de llorar. Una tarde, tal vez con la intención de que descansara un rato de verla llorar, me mandó a buscar los zapatos de mi padre a lo del zapatero. Se les habían despegado las suelas, y los habían dejado en la zapatería (no de venta, sino de arreglos) un día antes de la muerte de mi abuelo. Luego se habían olvidado de pasar a retirarlos. Ya debían estar.

Llegué a lo del zapatero y, luego de haber llorado muy poco durante todos los días anteriores, y de apenas haber hablado de la muerte de mi abuelo, me escuché decir de pronto: “Mi abuelo no está en el cielo”.

El zapatero, que se llamaba Salomón, y había llegado de Polonia en el año 39, igual que mi abuelo, me respondió: “¿Y dónde va a estar? En Polonia no creo que esté”.

Copié a Natalio Steinder: “Si una respuesta es falsa, mejor quedarse sin respuesta”.

- ¿Y eso de dónde lo sacaste?- me preguntó el zapatero alzando su cara con anteojos de un taco de mujer, al que trataba de clavar con pegamento a una especie de canoa angosta y brillosa.
- Del caballo con zapatos del baldío. Nadie sabe por qué tiene zapatos.

Salomón dejó el taco en la canoa como si hubiera encontrado la juntura exacta, se limpió las manos en el delantal, y me dijo mirándome desde detrás de sus anteojos:

- Yo se los puse.

Primero sonreí. Después dejé escapar una carcajada, más de nervios que de gracia. Y finalmente lo miré inquisitivo. Me estaba hablando en serio.

- Te lo voy a contar- me dijo- En honor a tu abuelo. Porque vinimos en el mismo barco.
- Nunca me lo dijo- porfié,
- Porque él no me vio. Él vino como polizón.
- Ya lo sé- me jacté- ¿Y usted en primera clase?
- No. Ni en primera, ni en segunda ni en tercera ni de polizón.
- ¿Qué fue, agarrado al ancla?
- No sabía si me iban a dejar salir de Polonia, ni si me permitirían entrar a la Argentina. Entonces le pedí a un mago que me hiciera invisible.
- ¿Usted fue invisible?
- En realidad, me convirtió en un salmón. Y seguí al barco hasta llegar a la Argentina.
Lo miré con enojo: yo ya tenía 9 años. ¿Qué cuentos me estaba contando?
- Veo que no me crees. Hay algo casi tan malo como inventar una falsa respuesta cuando no podemos resolver un misterio: no aceptar una verdad que parece increíble. Yo fui un salmón, y por eso ahora me llamo Salomón. Antes me llamaba Peshke. Suena a “pez”, pero no es lo mismo que Salomón.
- ¿Ya terminó de arreglar los zapatos de mi padre?- pregunté irrespetuosamente.

El zapatero no se dio por enterado de mi insolencia. En cambio, comenzó a contarme una historia. No sé si lo sabía o lo intuyó, pero a mí no había mejor forma de dejarme callado, de provocarme respeto o de enseñarme educación, que contándome una historia.

- Cuando recién llegamos a este país, tu abuelo era peletero y yo zapatero. No sabíamos el idioma, pero sí sabíamos trabajar. Esa esquina que ves ahí, no era tan plana. La aplanaron. Era como una cuesta arriba, como una barranca. Todas las mañanas pasaba un carrerito, en un carro celeste tirado por dos caballos ruanos. Cuando llegaba a esa barranca…(me señaló la calle que ahora era plana), los caballos se le retobaban. No querían subir. Y el carrerito los alentaba, les daba un poco con una goma que traía, pero sobre todo los alentaba. “Fuerza”, les decía. Ya desde antes, les iba advirtiendo, como a dos niños: “Fuerza, vamos, que viene barranca”. Tu abuelo y yo, que jugábamos al ajedrez, interrumpíamos la partida hasta que el carrerito y sus caballos lograban salir.
- ¿Era algo lindo de ver?
- En parte- respondió dudando el zapatero- Pero sobre todo era muy difícil concentrarse en el juego con esos gritos. Entonces, un día le preparé un par de zapatos. Yo sabía algo de magia, gracias al mago aquel, que me convirtió en salmón…
- ¿Por qué no me cuenta algo de verdad?- volví a interrumpir.
- Tu abuelo está en el cielo- me respondió.

Como no supe qué decir, siguió con su historia.
- El carrerito nos enseñaba a tu abuelo y a mí a hablar en español. A la vuelta, que venía en cuesta abajo, paraba en la zapatería, nos vendía las dos últimas botellas de leche, y nos enseñaba una nueva palabra en español: bisagra, lamento, jueves. Qué lindo era aprender palabras nuevas…

Hizo una pausa, y pareció murmurar un par de palabras que todavía no había terminado de aprender.
- Como te decía- siguió- una mañana, para que dejara de gritar y poder jugar en paz, le acerqué dos pares de zapatos: uno para Porteñito y otro para Mano Blanca, sus dos caballos.
- ¿Y qué, con los zapatos subían mejor la barranca?
- Los zapatos volaban- replicó don Salomón con toda seriedad.

Yo ya no sabía qué cara ponerle, pero había pasado de indignarme a interesarme. Ese es el problema que tengo con las historias: cuando me empiezan a contar una, ya no sé cómo ofenderme ni enojarme.

- No mucho. Apenas un poquito- siguió Salomón- Lo suficiente como para alzarte un par de centímetros del suelo. Pero alcanzaba para que la barranca esa dejara de ser un problema.

El taco de la señora, el que acababa de pegar como si nunca se fuera a salir, se cayó de la mesa al suelo. Salomón lo levantó, lo miró como si se tratara de un ser vivo y lo tiró al tacho de la basura.

- Hay cosas que no tienen arreglo- me dijo- ¿En qué estábamos?
- Los caballos que vuelan- dije con un tono burlón, y agregué aún más irónico- Igual que los tacos.

Salomón sonrió, pero siguió como si nada hubiera pasado. Alzando el dedo índice, habló como si se estuviera dirigiendo al carrerito, más de veinte años atrás: -Pero eso sí, le dije, que nadie se entere. Si se enteran de que los caballos vuelan, por más que no sean más que unos centímetros, van a venir los diarios, la radio, los grandes fabricantes. Los grandes empresarios zapateros de todas partes del mundo vendrán a pedirme pares de zapatos voladores.

- ¿Y cuál era el problema con eso?- lo traje al presente.
- Que yo nací para ser zapatero, no mago ni famoso. Le estaba haciendo un favor, nada más. No quería cambiar mi vida, ni la suya. Apenas si eran unos centímetros, para que atravesara la barranca y nos dejara jugar tranquilos al ajedrez. El carrerito aceptó el regalo de inmediato, no como vos, que pensás que te estoy cargando. Le puso los zapatos a Mano Blanca y a Porteñito, y zas, santo remedio: nunca más volvió a tener problemas en la barranca. El tango ya estaba escrito…

- ¿Qué tango?- pregunté.
- No importa, todavía sos muy chico para eso. Pero el carrerito siguió atravesando el Once con Porteñito y Mano blanca, sin problemas de barranca. Y aunque la gente le preguntaba: “¿Por qué lleva a los caballos con zapatos?”, nunca reveló el secreto. Cada día inventaba otra respuesta: porque tienen frío, me estoy ablandando unos zapatos que me quedan chicos, porque estos caballos son dos caballeros, en fin, cualquier cosa. Pero nunca la verdad.

- ¿Y usted? ¿Por qué no les hizo un par de herraduras en vez de zapatos?
- Ya te dije: yo soy zapatero. Lo que ni él ni yo pudimos imaginar fue que Mano Blanca se iba a retobar. Ahora subía la barranca sin esfuerzo, volando unos centímetros con sus botines nuevos. Pero se enamoró de una yegua, una yegua de su barrio, de Pompeya, del Sur. Una yegua del corral de Centenera y Tabaré. Y se escapaba volando a verla. No había manera de pararlo. La barranca la subía, pero después, no sabemos cómo, se desataba, y volaba a ver a la yegua. Aprendió a usar los zapatos con una potencia que yo ni siquiera era capaz de ponerles. Y eso era peligroso para todos: un caballo volando, en pleno Once, llamaba la atención. Imaginate: aviones casi no había, y la gente veía pasar a Mano Blanca volando. ¿Qué iban a pensar del barrio? Hasta lo retrataron a Mano Blanca: un pintor ruso, judío, también, Chagall, creo que se llamaba, que pasó por acá. Retrató a Mano Blanca volando, con la estrella de bronce en el lomo. La gente pensaba que era una pintura figurativa. Pero era Mano Blanca, volando, de verdad, enamorado como un caballo. En eso, son iguales a los hombres. O mejor dicho: somos iguales a los caballos.

- Tomá- me dijo Salomón cerrando la historia. Y me extendió el par de zapatos de mi padre, lustrados, intactos, como si fueran nuevos. No parecía el mismo par arrugado que yo le había visto usar hacía apenas unas semanas.
- ¿Y por qué está en el baldío, y cuántos años tiene?- pregunté con el par de zapatos en la mano.
- ¿Para qué te voy a contestar?- me dijo ahora, por primera vez mostrando cierto desdén hacia mi incredulidad, Salomón-, si total no me crees nada.
- Porque quiero saber la verdad- dije, como si hubiera encontrado contra qué rebelarme.
- Es un caballo viejo- respondió- Lo tuvimos que encerrar en el baldío para que no nos delatara volando. Y tu abuelo está en el cielo.

Me fui con los zapatos de mi padre bajo el brazo.

Hasta dos años más tarde, prácticamente todas las noches, sin decírselo a nadie y sin que nadie me viera, me escapaba hasta la entrada secreta del baldío, y espiaba por entre las maderas a Mano Blanca, con la ilusión de encontrarlo alguna vez volando, aunque más no fuera una voladita, unos centímetros, un saltito fuera de lo común. Pero nada. Se ve que el pobre bicho había aprendido la lección. Volar estaba prohibido y además, no le había servido: la yegua nunca le había prestado atención. Hasta yo mismo dejé de prestarle atención.

Un atardecer, cuando yo ya había dejado de visitar el baldío (ya eramos grandes como para seguir asombrándonos con un viejo caballo comiendo ortigas), viniendo del centro con mi padre y mi hermano menor, nos enfrentó una patota. No sé si querían robarnos o simplemente asustarnos. Pero mi hermano menor se puso a llorar y yo miré a mi padre como pidiéndole una solución. Mi padre no se atemorizó ni se puso nervioso. Yo lo miraba desde la punta del último pelo de su cabeza hasta la punta de sus zapatos, que eran los mismos que yo le había llevado recién arreglados, hacía más de dos años.
Mi padre soltó primero mi mano, luego de la de mi hermano menor, y cuando lo miramos desesperados, temerosos de que saliera corriendo, se elevó medio metro por encima del suelo. Medio metro, sin saltar, sin utilizar ningún aparato, sin mover un músculo de la cara. Levitó, voló. Los patoteros salieron corriendo, espantados y enmudecidos. Olvidaron sus navajas tiradas en la vereda. Mi padre descendió con la misma calma, retomó nuestras manos, y seguimos caminando hasta Junín y Tucumán, como si nunca nada malo hubiera sucedido en el mundo.

Basado en el tango Manoblanca.
Secretaría de Cultura. Presidencia de la Nación
Marca Argentina
Marca Argentina